LOS PROBLEMAS DE LA ECONOMÍA Y LAS DIFERENCIAS SOBRE SU PERCEPCIÓN

Distancias

El Uruguay está lejos de una situación como la que llevó a la crisis de 2002. Pero hay una coincidencia inquietante: la gran diferencia sobre la percepción de lo que está ocurriendo, según la posición política.

Por Nicolás Lussich

Desde el gobierno el tema se muestra con algunos matices, porque hay parte de los legisladores y funcionarios oficialistas que son plenamente conscientes de las dificultades, pese a que no lo manifiestan a cabalidad; desde el sindicalismo la visión es más unánime y optimista –por no decir confrontativa–, porque son varios los sindicatos que reclaman aumentos y beneficios como si la economía siguiera andando a todo tren, como sucedió antes de 2015. De tal forma que plantean catalogar a muchos sectores como dinámicos, lo que permitiría acceder a subas de salario mayores.

El problema es que los sectores dinámicos son la excepción: las ventas y la actividad muestran estancamiento y hasta retrocesos en muchos ámbitos, y en los mejores casos el aumento es moderado e incierto. Es que la baja en los precios internacionales no se ha revertido; por el contrario, tiene miras de afirmarse, dado el fortalecimiento global del dólar.

Además, la situación regional no ayuda: Argentina seguramente tendrá una recesión en este segundo semestre del año y en Brasil todo es incertidumbre, por un escenario macroeconómico totalmente desalineado (el déficit fiscal sigue siendo altísimo) y con un escenario político de alta tensión por las elecciones, donde sigue pendiente la situación de Lula (el político con más apoyo popular), mientras los otros candidatos generan más dudas que certezas. Así, la diferencia cambiaria con la región aumenta y eso puede complicar seriamente al Uruguay (ver gráfico).

La economía uruguaya cerró un ciclo de impactante crecimiento en 2014/2015, pero desde ese momento hasta ahora el crecimiento ha sido más moderado, aunque –claro está– comparados con los vecinos somos un lujo.
Pero Uruguay es una economía pequeña que –lamentablemente– ha aumentado su exposición a los problemas externos: después de un virtuoso proceso de reducción de vulnerabilidades al salir de la crisis (la tarea de Astori y su equipo en la primera administración Vázquez), el mundo nos dio la oportunidad de fortalecernos a fondo, con un incremento de los precios y una demanda sin antecedentes.

En lugar de reafirmar las capacidades de crecimiento (cosa que se hizo parcialmente), la tendencia fue mucho más hacia los compromisos sociales presupuestales permanentes: los presupuestos de salud, educación, seguridad y otros aumentaron significativamente y –dado que están basados principalmente en salarios– son hoy una carga difícil de sostener, más allá de lo justificable o no de los mismos, porque es claro que el retorno de ese gasto deja mucho que desear.

El problema más importante está en la seguridad social, que se lleva la tercera parte del gasto estatal y no presenta síntomas de retroceso. La población envejece (más gasto), el empleo cae (menos ingreso) y como hay un compromiso constitucional de mantener las jubilaciones según el Índice de Salarios y éste –a pesar de la baja en el empleo– sigue subiendo, el gasto jubilatorio se vuelve insostenible en todo su abanico (BPS, militares, policías y hasta profesionales).

Todo esto parece no existir cuando se revisa el estado de la negociación salarial: el PIT-CNT extrema los reclamos, seguramente incentivado por una lucha interna que se ha vuelto muy aguda, con referentes de la izquierda radical no frentista que han avanzado y conquistado la conducción de sindicatos importantes.

A la oposición también le cabe lo suyo: cualquier excusa es buena para destacar un dato negativo de la economía, sin demasiados matices. Muchos referentes opositores, a partir de una lectura parcial de la economía, están esperando hace años que “esto se complique y vuelva una crisis”. No sucedió y –si se actúa con mínima sensatez– seguramente no suceda.
Pero en la economía no hay más garantías que la propia acción conducente a fortalecer la producción y la actividad. Y el gobierno parece resignado a esperar el próximo ciclo, como si no faltara, todavía, un año y medio de gestión.

En este escenario, es clave mantener una mínima objetividad, o al menos que los enfoques, vengan de donde vengan, sean lo suficientemente amplios para ser balanceados.

En este sentido, hay que destacar en qué punto estamos: Uruguay acumuló un potencial productivo mucho mayor que el de apenas una o dos décadas atrás. Los ingresos de los trabajadores están entre 25 y 30% por encima de los registrados a fines de los 90.

Esto hace que seguir avanzando sea más difícil, más lento y –por tanto– se necesita más paciencia y valorar lo logrado. Al decir de Astori, no hay atajos, aunque más de uno se ve tentado de tomarlos. Puede terminar regresando al punto de partida. •

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